Manjares del inframundo
Para todas las culturas la muerte ha sido siempre un tema central. Basta con observar le tratamiento que le hace cada sociedad a sus muertos para comprender un poco la centralidad que ocupa este tema en su desarrollo.
Desde los cementerios modernos con mausoleos ostentosos de mármol, la cremación en piras ardientes, la visita a un río sagrado y formas mucho más complejas de tratamiento. Cada sociedad fue definiendo como enfrentar el fin de la vida, explicarlo y procesarlo.
Recomiendo para ahondar en este tema el libro del historiador Philippe Aries "El hombre ante la muerte".
De todas las culturas que pude leer la egipcia es sin lugar a dudas una de las más apasionantes a la hora de explicar y procesar la muerte. La creencia de la vida después de la muerte y de un camino que se debía transitar para llegar a ese mundo generó que para los egipcios la muerte sea vista no solo como el fin de una etapa en un plano determinado, la continuidad estaba asegurada por medio de una serie de rituales que ayudarían a ese espíritu a encontrar es nueva vida.
"... Cronológicamente el desarrollo de la «odisea» tras la muerte es el siguiente: El alma franquea el «Portal de la muerte», emerge en el Más Allá, y es deslumbrada por la "plena luz del día»
Richard Lepsius, en 1842, hizo la primera edición de estas invocaciones mortuorias con el nombre de Libro de los Muertos, que si bien inexacta ha perdurado hasta nuestros días y que hemos decidido mantener por una coherencia con el lector, que de otra manera se vería confundido. El título real de la obra sería: Salida del Alma hacia la Luz del Día, que refleja de forma algo más completa el verdadero sentido de este texto imperecedero." (El libro de los muertos - traducción de A. Laurent)
De los primeros alimentos pensados para conservarse podemos mencionar el secado de granos, también practicado en el antiguo Egipto. Pero lo que hoy nos convoca a leer sobre este tema es si ellos dominaban alguna técnica de conservación para carnes. Y la respuesta es que si.
La vida en el más allá debia ser no solo a partir de la conservación del cuerpo y posesiones (riquezas) sino también del alimento. El faraón necesitaba disponer de alimentos que le permitan recuperar energia luego de su paso por el juicio de Osiris.
Se descuebrieron entre los restos del ajuar del los faraones en las pirámides trozos de carnes tratadas con Natrón, una mezcla de sal propia de egipto que tenía en su composición:
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Carbonato de sodio
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Bicarbonato de sodio
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Cloruro de sodio
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Sulfato de sodio
Para los egipcios, sin embargo, no era solo una sal: era una sustancia purificadora, capaz de detener la corrupción física y espiritual. Esto combinado con otras prácticas de conservación y un conocimiento avanzado en la creación de envases les permitió tener uno de los mejores índices de conservación de alimentos de la historia.
El mismo material que se utilizaba para desecar y preservar el cuerpo del faraón era empleado también en la conservación de alimentos rituales, especialmente carnes. Esta continuidad técnica no es casual: el alimento debía compartir la misma cualidad que el cuerpo real, la incorruptibilidad.
La tentación de hablar de un “jamón crudo del Antiguo Egipto” es comprensible, pero exige matices. Estas carnes no eran jamones en el sentido moderno: no había afinado prolongado, ni flora microbiana beneficiosa, ni tampoco un criterio culinario cuidado.
Sin embargo, sí podemos considerarlas antecesoras de las carnes saladas del Mediterráneo, como:
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Cecinas primitivas
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Tasajos rituales
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Carnes secas de larga duración
Lo que define a estas piezas no es la técnica europea posterior, sino su función cultural: alimentar al faraón más allá de la muerte. Secar carne para deter su descomposición. La idea de que trasciende el humano y sus alimentos.
En otra oportunidad podríamos conversar sobre los monjes budistas Sokushinbutsu, que si bien no tienen relación directa (ni se conocieron) con los egipcios, guardan algunos puntos en común con esta idea de la conservación del cuerpo a partir de la momificación. Pero los Sokushinbutsu llevaron esta creencia a un punto increíblemente extremo.
La obsesión egipcia por preservar el cuerpo y los alimentos encuentra un eco inesperado, siglos más tarde y a miles de kilómetros, en la práctica japonesa del sokushinbutsu. En ambos casos, la corrupción física no es aceptada como destino inevitable, sino como un obstáculo espiritual que debe ser vencido.
Mientras los egipcios recurrían al natrum para desecar y purificar cuerpos y carnes, los monjes Shingon sometían su propio organismo a un proceso de deshidratación extrema mediante dietas austeras y sustancias vegetales. El resultado buscado era el mismo: un cuerpo estable, inmóvil, no corruptible.
La diferencia es reveladora. El faraón preserva su cuerpo para seguir comiendo en la eternidad; el monje se priva de todo alimento para trascender el cuerpo. Uno conserva la carne; el otro se convierte en ella. Dos respuestas culturales opuestas a una misma pregunta: ¿cómo evitar que el tiempo destruya lo que somos?
Desde esta perspectiva, las carnes curadas con natrum depositadas en las tumbas reales no son solo alimentos, sino extensiones del cuerpo preservado del faraón, objetos liminales entre nutrición, ritual y eternidad.
