Cocina de supervivencia y tabú

¿Por qué en la India la vaca es sagrada?

 ¿Por qué judíos y musulmanes prohíben el cerdo?

 

A simple vista parecen decisiones religiosas arbitrarias. Pero cuando uno empieza a mirar la historia, la geografía y la economía de cada sociedad, descubre algo fascinante: detrás de cada tabú alimentario suele esconderse una lógica de supervivencia.

O, al menos, eso sostuvo el antropólogo Marvin Harris en uno de los libros más provocadores de la antropología moderna: Vacas, cerdos, guerras y brujas (se los recomiendo). Allí él plantea que muchas costumbres consideradas “irracionales” en realidad nacieron como respuestas prácticas a problemas concretos.

 

Y aunque algunas de sus teorías siguen siendo discutidas, abrieron una pregunta extraordinaria:

¿Y si las religiones también conservaran estrategias de supervivencia disfrazadas de símbolos sagrados?

 

Para entender por qué gran parte de la India no consume carne vacuna hay que olvidarse por un momento de la imagen moderna de la vaca como “carne”.

En la India tradicional, la vaca era mucho más que alimento.

Era tractor, combustible, fertilizante.

 Era banco de semillas.

 Era fuerza agrícola.

En sociedades campesinas con una dieta muy atravesada por la agricultura, donde durante siglos la energía dependía de los animales, matar una vaca podía significar perder la posibilidad de arar un campo entero.

Sus bueyes trabajaban la tierra.

 Su estiércol servía como abono y combustible.

 Su leche aportaba proteínas constantes para todo tipo de preparaciones.

Una vaca muerta daba comida para algunos días.

 Una vaca viva podía sostener una familia durante años.

Ahí aparece una de las tesis más famosas de Harris: el tabú religioso habría ayudado a proteger un recurso económico esencial.

Es decir: la sacralización de la vaca no sería solamente una cuestión espiritual. También habría funcionado como una forma cultural de impedir que, en momentos de hambre o desesperación, los campesinos destruyeran el motor biológico de su sistema agrícola.

Y acá aparece algo interesante.

Muchas veces Occidente observó esta práctica con desconcierto:

 “¿Cómo no van a comer vaca si hay pobreza?”

Pero esa mirada parte de una lógica industrial moderna. En una economía rural tradicional, la vaca no era principalmente carne. Formaba parte de la infraestructura y sustentabilidad de comunidad.

 

Dicho en criollo:

Pan para hoy, hambre para mañana. Matarla para comer podía resolver el hambre de una semana… y provocar la miseria del año siguiente. Lo que un tiempo más tarde se resumiría en la frase de batallas navales cuando se utiliza la frase "quemar todas las naves". 

 

Claro que esto no explica todo.

Reducir el hinduismo a una ecuación económica sería un error enorme. Porque las religiones no sobreviven miles de años únicamente por utilidad práctica. También organizan sentidos, emociones, jerarquías y visiones del universo.

La vaca terminó asociándose a la maternidad, la abundancia, la no violencia y la fertilidad. Lo económico y lo espiritual se mezclaron hasta volverse inseparables.

Y ahí aparece una idea incómoda pero poderosa:

Las culturas no comen solamente nutrientes.

 Comen símbolos.

 

El cerdo: el animal problemático del desierto

Ahora vayamos al otro gran tabú.

¿Por qué el judaísmo y el islam prohíben el cerdo?

Acá la explicación religiosa parece más clara. Tanto la Torá como el Corán consideran impuro al cerdo. Pero la pregunta sigue siendo válida:

¿Por qué justamente el cerdo?

Porque, si lo pensamos fríamente, es un animal extraordinario para producir carne. Crece rápido, convierte alimento en grasa y proteína de manera eficiente y puede alimentarse con desperdicios.

Entonces… ¿qué pasó?

Otra vez aparece el ambiente.

El cerdo tiene un problema: no tolera bien el calor extremo ni las zonas áridas. A diferencia de cabras, ovejas o vacas, no puede pastar eficientemente en regiones secas. Necesita sombra, agua y alimentos que suelen competir con los humanos.

En las regiones del antiguo Cercano Oriente —zonas donde nacieron el judaísmo y luego el islam— criar cerdos era ambientalmente costoso.

Cabras y ovejas podían recorrer terrenos marginales comiendo vegetación dura. Los cerdos no.

Además, el cerdo no produce leche, no sirve como animal de carga ni ayuda en el trabajo agrícola. Su única función relevante era convertirse en carne.

Desde la perspectiva de Harris, eso lo volvía un animal poco eficiente para ecosistemas semiáridos.

Entonces la prohibición religiosa habría consolidado una adaptación ecológica:

 si un animal resulta costoso y problemático para el ambiente, transformarlo en “impuro” ayuda a desalentar su crianza.

Pero cuidado.

Acá también aparece un límite importante.

No todos los antropólogos aceptan esta explicación por completo.

Porque hay algo más profundo en juego: las religiones también construyen identidad.

En el caso judío, las leyes alimentarias —el kashrut— funcionaron históricamente como una frontera cultural. Comer distinto ayudaba a preservar la cohesión del grupo frente a otros pueblos.

 

Dicho de otra manera:

 prohibir ciertos alimentos también sirve para decir “nosotros no somos ellos”.

La comida delimita pertenencia.

Todavía hoy, sentarse a una mesa puede definir amistades, alianzas, clases sociales y hasta fronteras invisibles.

Lo que un asado argentino puede enseñarnos sobre antropología

A veces creemos que los tabúes alimentarios pertenecen a culturas lejanas. Pero no hace falta ir a la India o Jerusalén para entenderlo.

Pensemos en Argentina. ¿Empandas de pescado en la vigilia de Semana Santa? ¿Rosca de Pascua? ¿Un pastel dulce de cumpleaños? ¿Asado a la cruz?

¿Por qué el asado tiene semejante peso simbólico?

No es solamente carne al fuego.

Parte de un sacrificio.

Es un símbolo de reunión.

Atraviesa generaciones.

Es hospitalidad y abundancia.

Es tiempo compartido.

Es identidad nacional.

En términos biológicos, podríamos alimentarnos con muchas otras cosas. Pero culturalmente el asado ocupa un lugar casi ritual.

Y eso revela algo fascinante:

La humanidad nunca comió únicamente por hambre.

Comemos memoria.

 Comemos pertenencia.

 Comemos religión.

 Comemos política.

Comemos lo que podemos. 

Comemos lo que pudimos conseguir. 

Comemos paisaje.

La antropología de la alimentación sostiene justamente eso: los hábitos alimentarios reflejan formas de organización social, sistemas simbólicos y relaciones de poder.

Entonces… ¿las religiones inventaron reglas arbitrarias?

No necesariamente.

Tal vez la mejor forma de entender estos tabúes sea abandonar la falsa dicotomía entre “irracional” y “racional”.

Porque muchas prácticas culturales nacen de necesidades concretas y luego adquieren significado espiritual.

Primero puede existir una necesidad ecológica.

 Después aparece la tradición.

 Luego el símbolo.

 Finalmente lo sagrado.

Y con el tiempo ya nadie distingue dónde termina una cosa y empieza la otra.

La cocina humana funciona así desde hace milenios. Desde los egipcios  que colocaban alimentos en las tumbas de los faraones o los pueblos originarios que lograron una conexión sagrada con la pacha que vincula el alimento con esa madre tierra que lo da. 

De hecho, gran parte de las técnicas culinarias nacieron como respuestas prácticas al ambiente: el ahumado en zonas frías y húmedas, el secado en regiones cálidas, la salazón donde hacía falta conservar proteínas durante largos períodos.

La religión, la gastronomía y la supervivencia estuvieron mucho más unidas de lo que solemos imaginar.

 

Quizás por eso estudiar lo que una cultura decide no comer sea tan revelador como estudiar aquello que celebra.

Porque detrás de cada prohibición hay una historia sobre el miedo, el ambiente, la economía y la identidad.

Y porque, en el fondo, ninguna cocina del mundo es completamente “natural”.

Todas son una negociación entre el cuerpo, el territorio y las ideas.

La próxima vez que alguien pregunte:

 “¿Cómo pueden venerar una vaca?”

 o

 “¿Por qué no comen cerdo?”

Tal vez la respuesta no esté solamente en la religión.

Tal vez haya que mirar primero el clima, el suelo, los animales disponibles, las formas de trabajo y las maneras en que cada sociedad aprendió —o necesitó— sobrevivir.

 

Después de todo, la historia de la humanidad también puede contarse observando qué animales llegaron al plato… y cuáles quedaron afuera de la mesa. 

Apagamos el fuego por hoy… pero la historia sigue.

Nos encontramos en las próximas entregas donde hablaremos de la relación entre algunos dioses y los rituales de adoración con comida. 

 

Abel Licciardi